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¿Posturas fáciles o posturas difíciles?

Es muy común escuchar esta expresión, u otras parecidas, refiriéndose a la práctica de Yoga. En mi caso personal, cuando empecé a practicar Yoga, me fijaba más, y me fascinaba mucho además, en como el cuerpo podía moverse, o quedar quieto, casi mágicamente. En cómo la gracilidad de las posturas hacía moldearse al cuerpo y en cómo se sentía eso dentro, todo lo que se iba removiendo, cómo ocurría la respiración ahí, sencillamente el Yoga me atrajo tanto que ya no pude despedirme de él.

Antes de empezar a practicar Yoga, no sabía absolutamente nada sobre esta disciplina, no había escuchado nada acerca de ella, no había leído nada al respecto y no conocía a nadie que lo practicara. De hecho, aún me sorprendo a mí misma a veces pensando en cómo de repente empecé a interesarme por practicar, apuntarme a clases, etc., si no conocía nada al respecto ni tenía ninguna referencia!!!….quizás el destino?… bueno, volviendo al tema que nos ocupa hoy… escucho a veces este tipo de comentarios y me llama la atención. A veces nos fijamos mucho en si la postura nos es “fácil” o “difícil”, como para sentirnos, (imagino), más realizados si llegamos a dominar una de las denominadas difíciles. O a veces, frustrados si no llegamos a conseguirlas. Eso, que en ocasiones es quizás inevitable, se queda a veces en lo más visible, físico y evidente. Hemos de ir encontrando el camino de la observación hasta en lo más sencillo y asequible. Hasta estando “simplemente” en Tadasana (postura de la montaña), podemos hacer un gran trabajo introspectivo. Pongo el ejemplo de Tadasana porque a veces nos puede parecer que es estar de pie y ya!; además las sensaciones de satisfacción o de frustración son el resultado de proyecciones de nuestra mente que juzga continuamente todo cuanto nos pasa y rodea.

Creo que es justo al contrario, que lo difícil es estar en una actitud observadora en lo considerado “fácil”, la mente suele despistarse ya que lo que hacemos en ese momento no le resulta un reto; no ha de estar pendiente de mantener el equilibrio, o de mantener especial atención en alguna acción de fuerza o activación muscular concreta.

Debemos poner entonces especial atención justo en eso, ¿a donde se va la mente cuando no está dentro de un reto?, ¿es difícil hacerla volver de ese “sitio”?, ¿se va continuamente?, ¿puede quedarse más en calma si busco refugio en la respiración? Podemos tomar un momento para reflexionar sobre ello y descubriremos como en cada postura por muy conocida que nos sea, o muy “fácil” podemos hacer un interesante trabajo introspectivo.

Hoy propongo una postura algo desconocida o poco practicada en según que modalidades de Yoga, es la postura del león o Simhasana. Simha=León, Àsana=Postura. Está dedicada a Narahimsa/Narajinsa, “Hombre león”/”Rey león”, encarnación del Dios Visnhu, deidad hindú relacionada con preservar y conservar.

Existen diferentes variantes de esta postura relacionadas con la posición de las piernas, pero la parte principal es la extensión de la columna, la apertura pectoral y que la lengua se coloca fuera de la boca, estirándola bien hacia abajo como si se quisiese tocar la barbilla. Normalmente la mirada suele ir hacia el entrecejo. Tiene variados beneficios, los principales relacionados con la estimulación hormonal a nivel de la glándula tiroides y la mayor irrigación sanguínea de la mandíbula. Se consigue estimular las cuerdas vocales mediante su vibración realizando un leve sonido de “Argh” al sacar la lengua fuera de la boca. También se estimulan los músculos de la cara, que a veces se quedan siempre en la misma posición o realizan los mismos movimientos de forma repetida. Al colocar la mirada fija en un punto, en este caso el entrecejo, se favorece la activación de los músculos y ligamentos del globo ocular.